La habitación está vacía y silenciosa. La claridad se filtra a través de los muros translúcidos acristalados de las frías paredes. Desprenden un vaho frío que traspasa la piel. A lo alto un cielo nublado. No llueve. Tampoco puede hacer viento, pero la brisa helada recorre la estancia como un fantasma, sigiloso.
Inmóvil se alza la estatua, helada por el tiempo. Sus ojos miran hacia el infinito, congelados, no pueden ver. La piel de sus manos parece escamada. Su cuerpo está rígido, como la más dura de las rocas, no puede sentir. Puedo notar el palpitar de mi corazón cuando todo oscurece y parece que la pierdo de vista. Me acerco sin miedo y la miro con tristeza. Puedo recordar una sonrisa que está borrada de sus labios. Le hablo, pero no me escucha. No parece si quiera oírme. Le cojo la mano y la noto fría. Un relámpago de luz atraviesa el cielo pero la estatua sigue quieta. Acerco mis labios a sus oídos para hacerle reaccionar, pero no hay respuesta. Frases que una vez significaron todo se desvanecen de la estancia, sin tan siquiera repetirse por las paredes. El pecho no se mueve. Dejo de respirar y no escucho nada. Insisto en un tono de voz más alto. Nada. Coloco mis manos sobre su pecho, que me abrasa. El frío me invade el cuerpo, llegando hasta mi alma. Grito de dolor y caigo de rodillas al suelo. Intento repetir las palabras que tanto tiempo atrás le había oído decir: “Recuerda…”. Mis palabras no son suficientes. Cuanto más alzo los ojos, más creo ver los suyos. Se mueven. Me miran. Son fríos. Llenos de miedo. Veo consumida mi alma a sus pies, como si un espejo me mostrase tal cual soy. Y lloro. Aparto la mirada de esos ojos que me muestran la realidad, y solo se oyen sollozos. Una promesa me hizo entrar en aquel lugar. Algo mucho más grande que aquellos muros de hielo de los cuales no alcanzaba la vista el final. No hay puertas por donde salir, pero nunca decidiría dejarlo allí solo. Me levanto con fuerza, con rabia y me fundo en un abrazo que me hace gritar de dolor, de espanto, de angustia. Miles de imágenes pasan por mi mente. Algunas me las recuerda él, otras se las recuerdo yo. Me hace demasiado daño el hielo en mi piel desnuda, pero todos los rincones de su cuerpo se me clavan en el mío, en el pecho, en las piernas. Mis brazos le golpean con fuerza y noto su dolor. “Perdóname…”, lloro. Y creo perder el sentido cuando el dolor ya es insufrible. Mi piel se torna roja por un momento y mis labios morados. No puedo dejar de llorar y mis ojos se pierden en el cielo, cuando empiezan a deslizarse las gotas de agua. Y al fin vuelo a oír su voz.
Percibo su mirada, desde esos ojos que me ven tal y como soy. Me dejo caer y sus brazos me sujetan del cuello a mis caderas. Ya no duele. Pero no tengo fuerzas para decirle por qué estoy allí. Me dejo besar y vuelve el calor a mi cuerpo. Me tumba sobre su pecho y me acaricia el pelo. Sólo una sonrisa. Sólo unos ojos que me miran, atravesando mi ser, diciendo lo que ningún idioma puede expresar. Creo caer dormida, entre unas sábanas de nubes, llenas de luz y caricias. Y en el silencio escucho un latir de un corazón que ha dejado de estar helado.
-Te lo prometo…







